|
FECHA: 05/07/2010
FUENTE: página web de "el dia de cordoba"
COINCIDIENDO con el Día del Orgullo Gay,una célebre e histórica publicación nacional ha optado, por primera vez, por relevar de su portada a la tradicional chica por un desnudo del siempre joven y atlético Jesús Vázquez. Supongo la expresión de sorpresa de muchos de los lectores más fieles de la revista, tan acostumbrados a las curvas -en muchas ocasiones neumáticas- de las modelos habituales. Los tiempos cambian o la mercadotecnia se adapta a los tiempos o el morbo escapa de sus fórmulas convencionales, quién sabe. En esta misma línea, hace unos meses nos sorprendimos todos con la irrupción de Gay Up, una bebida diseñada para el colectivo homosexual que comenzó siendo publicitada por un torero en sus capotes y muletas, todo un atrevimiento en un mundo tan virilmente masculinizado como el taurino, que históricamente ha exhibido lo macho como una de sus señas de identidad, o así nos lo han vendido. A mí, particularmente, no me llamó la atención lo del torero/anunciante, si no lo de una bebida gay, ya que no tardaron en aflorar en mi interior serias y profundas dudas. ¿Era una bebida para ser gay, para ser más gay, los gays tienen un paladar distinto, reaccionan de diferente manera a distintas composiciones químicas? Menudo lío, que alguien me lo explique. He buscado el mejunje en el súper y no lo he encontrado. Cosas de estos tiempos. De aquellas batallas campales en la ya mítica comisaría de Nueva York a este 28 de junio actual muchas cosas han cambiado, sobre todo en este mundo nuestro, que en realidad no deja de ser un mundo diferente a ese otro mundo que nunca queremos mirar pero que sigue estando ahí. Cinco centímetros más allá de nuestra nariz.
En ese otro mundo, los gays siguen siendo perseguidos, repudiados, ajusticiados y hasta asesinados. No olvidemos que la homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad anteayer, como el que dice, y que si nos detenemos en la transexualidad descubriremos que la Edad Media aún permanece en buena parte de la normativa nacional e internacional. En nuestro país, no hace tanto, existieron módulos específicos en diferentes centros penitenciarios para homosexuales -en Huelva o Alicante, por ejemplo-, donde centenares de españoles fueron condenados, simplemente, por su condición sexual. Gracias a la Ley de Memoria Histórica algunos de aquellos hombres y mujeres han visto reparada buena parte de su dignidad maltrecha y humillada. Hoy siguen siendo perseguidos los homosexuales, sí, en nuestro país, desde la cotidianidad de un lenguaje que los veja, mediante evidentes rechazos que pueden comenzar en el colegio y continuar en el trabajo o recurriendo en el Tribunal Constitucional que puedan contraer matrimonio tal y como puede hacer cualquier persona. Y existe otro rechazo, mental, genético, visceral, que podemos descubrir en cualquiera de nosotros, incluso en aquellos que besan a sus amigos gays cuando se los encuentran con la calle, en aquellos que se vanaglorian de contar con un gay por amigo, ponga un gay en su vida, pero que consideramos como una condena que alguien de nuestra sangre pudiera serlo, incluso parecerlo. Para muchos, la homosexualidad, el lesbianismo, sigue siendo una desviación, algo anormal, manzanas con peras, algo diferente, distinto, otra cosa. Y claro, para nosotros queremos lo mismo, lo cotidiano, y no otra cosa.
Supongo que llegará un 28 de junio que los homosexuales y lesbianas de nuestro país, del mundo entero, no tendrán que salir a la calle a reivindicar sus derechos y, de paso, exhibir con orgullo su condición. Quiero pensar, necesito creer que ese día llegará, pero tengamos muy claro que aún queda mucho, mucho. ¿Qué podemos hacer nosotros? En primer lugar, aprender a conjugar nuevos verbos, del rechazar o tolerar, pasemos al respetar. Eliminemos distancia, reflexionemos sobre nuestro lenguaje y comentarios y, sobre todo, envolvamos nuestra vida, porque los homosexuales forman parte de nuestra vida queramos o no, bajo una capa de normalidad, de cotidianidad. El que no contemos con una sociedad que ignora a una de sus partes es una señal de inteligencia, de justicia, de apuesta por la eficiencia, y, sobre todo, un compromiso por la igualdad real y verdadera. Esa igualdad no excluyente que necesita de la participación, de la capacidad, de todos y todas aquellas que componen una sociedad.
|